El título, no hace referencia a cada individuo, sino que trata más el contexto de la persona en la sociedad moderna actual. Personalmente, una sociedad impulsada por una brutal competitividad individual y una permisividad del egoísmo aspiracional, en detrimento de las relaciones personales e interpersonales, desbancando a la compasión y el altruismo, a un plano secundario, como una tendencia de moda pasada, o como algunos lo categorizan “ajena a la realidad”.
Me apena sin medida, cuando alguien me contesta que la realidad es inamovible, y que pensar de forma compasiva, en ayudar a otras personas, del modo que cada cual pueda o crea más adecuado a sus funciones, es más impropio de una película de Hollywood o de una de las tareas de Hércules para entrar en el Olimpo.
¿Qué es la compasión?
La compasión para la inteligencia emocional, se aleja del tipo judeo-cristiano y budista, entendida como “sentir pena”, y se acerca más a la definición de Confucio, como “preocupación respecto a alguien sintiéndose solidario”.
Ahora, ya hemos concretado, lo que entendemos por compasión, y es en este momento cuando me planteo, ¿Por qué a veces ayudamos y otras veces elegimos no hacerlo? ¿Cuál es el factor que nos lleva a decidirnos? Quizá no sea justo pluralizar, pero debemos focalizar en algún punto concreto, y que mejor forma de entenderlo que mediante el estudio que se realizó en Princeton, con el fin de conocer que nos lleva alejarnos de ayudar, de ser compasivos, de desconectar esa parte de nosotros.
El experimento del Buen Samaritano
En este caso real,
se les asignó a un grupo de estudiantes de teología la preparación de un sermón,
de práctica, y a cada uno de los miembros se les asigno un tema para el sermón.
La mitad de los
estudiantes tenían como tema asignado, “la parábola del Buen Samaritano” donde
se narra la historia de un hombre que se paró para ayudar a un desconocido que
estaba parado al lado de la carretera. A la otra mitad se le asignaron textos bíblicos
aleatorios.
Luego, uno a uno,
se les digo que tenían que ir a otro edificio y dar el sermón preparado; lo que
desconocían es que mientras iban desde el primer edificio donde se les asigno
el tema hasta el segundo edificio, todos ellos se cruzarían con un hombre que estaría
encogido, se quejaba y se mostraba claramente necesitado.
La cuestión es ¿SE
DETUVIERON? Más interesante aún ¿importaba que estuvieran pensando en la parábola
del Buen Samaritano?
La respuesta es, un
rotundo NO, en absoluto.
Lo que resultó determinante para ayudar en el estudio
realizado fue la determinación de cuanta prisa tenían o creían tener para ir de
un edificio a otro, incluso cuando no les había fijado un periodo de tiempo
concreto.
La abrumante preocupación de llegar tarde y la absorción pensando en
lo que iban a decir, era el factor determinante a la hora de ayudar o no.
Así vuelto al punto
inicial, este ejemplo de la Universidad de Princeton, nos sirve para entender
uno de los principales problemas en la actualidad, explica porque no se
aprovechan las oportunidades para ayudar, y es simplemente porque vivimos con
el foco dirigido de forma errónea.
¿Por qué es erróneo?
Bueno, la neurociencia social en torno a la compasión, determina que la compasión es una reacción por defecto, es ayudar, la reacción determinada, si prestamos atención a las personas, automáticamente nos identificamos y sentimos como ellas, y eso nos incita ayudarles.
A esta idea, se le unen la existencia de unas neuronas, denominadas “espejo” que actúan como un wifi neuronal y activan exactamente las mismas áreas del cerebro, activadas en los de otros, se produce una identificación automática (Daniel Goleman –THE FOCUS).
Y sabiendo todo esto, y estando programados para ayudarnos, ¿por qué no lo hacemos?
El simple hecho de ensimismarse en uno mismo, focalizarnos en nosotros mismos sin darnos cuenta de la importancia de la empatía y la compasión, y conjuntamente a mantenernos preocupados a menudo a lo largo del día, por la incapacitación de concebir las preocupaciones como tal y no problemas, nos llevan a dejar a percibir a los demás.
En primer lugar, es que la diferencia entre centrarse en uno mismo, u en otro puede ser muy sutil, extremadamente compleja, pero existen otros factores que nos permiten enfocarnos de la forma correcta.
La empatía, es nuestra capacidad de conectar con las personas, esta nos separa de la gente maquiavélica o de los sociópatas. Es común escuchar en los asesinos “desconecte esa parte de mí”.
Una reacción bastante impactante, de un asesino que había matado a la mayor parte de su familia, cuando el periodista le preguntó, ¿si sintió lo que estaba haciendo?, el asesino respondió “si lo hubiera podido sentir, nunca lo hubiera hecho”. Eso quizá no es sorprendente de un asesino, pero si posteriormente descubrimos que su coeficiente intelectual es el de un genio nos asusta más.
Esencial la empatía, en relación a la compasión y la inteligencia emocional, ya que la correlación entre el coeficiente intelectual y la empatía emocional, el sentir con otra persona es 0 ya que están contralados por diferentes partes del cerebro.
La compasión no es caridad, la compasión marca la diferencia entre entender lo que sucede a otras personas (empatía) e interesarse por lo que les sucede (compasión).
Esta compasión programada en el ser humano está siendo erradicada con el impulso de desconectar esta parte de nosotros, y nos convierte en víctimas de un sistema que nos distrae, quizá después de leer esto, empieces a pensar si tu foco día a día está bien enfocado.
Porque no hay mejor recompensa que alguien agradecido, a veces no son grandes esfuerzos, a veces son gestos, a veces son palabras, e incluso puede ser simplemente dejar de sentirse sólo. ¿Por qué y si fueras tu quien lo necesitará?
En resumen:
Agustin Calvo Rea
Fuente: Daniel Goleman (Focus)
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